Paredes de la Esperanza / La Escuela de Arte y Taller Abierto de Perquin

La vida dibuja un árbol y la muerte dibuja otro. Arte, Memoria y Diplomacia, Un modelo posible de construcción comunitaria

La vida dibuja un árbol y la muerte dibuja otro.
Arte, Memoria y Diplomacia,
Un modelo posible de construcción comunitaria

 Claudia Bernardi
 

La vida dibuja un árbol 

y la muerte dibuja otro. 

La vida dibuja un nido y la muerte lo copia. 

La vida dibuja un pájaro 

para que habite el nido 

y la muerte de inmediato 

dibuja otro pájaro. 

Roberto Juarroz, “Poesía Vertical”

En una tarde de Otoño en Buenos leí este poema. Las palabras dispersando un líquido denso como una miel de oscuridades. La vida y la muerte, dos manos dibujando, engañando una a la otra, anticipándose, un pájaro en su nido a punto de sucumbir, y de volver a empezar.

En una tarde de Otoño leía este poema, mientras las palabras se deslizaban como una miel oscura y lenta. La vida y la muerte, dos manos que dibujan, una engañando a la otra, anticipándose, un pájaro en su nido a punto de sucumbir, y de volver a empezar.

En las últimas dos décadas he seguido los dibujos que impone la muerte y los que recupera la vida. He creado, dirigido y facilitado trabajos de arte comunitarios en países afectados por guerras, violencia y terror de estado. Los participantes de estos proyectos son población civil que ha sufrido  violaciones de derechos humanos, sobrevivientes de masacres, sobrevivientes de tortura y sobrevivientes de violencia sexual durante conflictos armados.

I. Escuela de Arte y Taller Abierto de Perquin: una propuesta de arte, derechos humanos, construcción comunitaria y diplomacia.

Los Acuerdos de Paz en El Salvador  se firmaron en 1992 concluyendo 12 años de guerra civil. La Comisión de la Verdad de las Naciones Unidos nombró al Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) como peritos en la causa de investigación de la masacre de El Mozote, Morazán. De acuerdo con el testimonio de Rufina Amaya Márquez, única sobreviviente de la masacre, el ejercito Salvadoreño asesinó a más de 1,000 personas civiles el 11 de Diciembre de 1981.

Acompañando al EAAF, mi tarea era la creación de los mapas arqueológicos que permiten identificar la localización de los restos óseos, los objetos asociados y la presencia de evidencia balística.

Después de tres meses de investigación, la acusación de crimen masivo contra población civil fue confirmada. Dentro del pequeño edificio conocido como El Convento, Sitio # 1, de  un total de 9 sitios arqueológicos, el EAAF pudo identificar la presencia de 143 individuos, 136 de los cuales eran niños menores de 12 años, con una edad promedio de 6 años de edad. Muchas de las víctimas eran infantes en el momento de muerte.

Una vez que mi compromiso como consultora/ artista en el caso de la investigación de la masacre de El Mozote concluyó, viajé a Perquin, una comunidad de 4,000 habitantes localizada a 4 km Norte de donde la comunidad de El Mozote había existido.

Perquin, como la mayoría de las comunidades de Morazán en El Salvador, fue impactada catastróficamente por la guerra. La gente que vivía en esa zona en 1992 eran ex combatientes o civiles recién retornados de los campos de refugiados de Colomoncagua en Honduras. Las condiciones en las cuales la gente vivía eran precarias. No existía economía local, las condiciones de seguridad y vivienda de los campesinos, recién se estaban delineando. Las pocas casas que quedaban en pie después de los bombardeos eran inhabitables. Nadie podía encontrar refugio en ellas. El efecto de la destrucción estaba contenido en esas  paredes heridas.

Eran paredes de pena.

“Como?”  me preguntaba, “Podrían convertirse en paredes de la Esperanza?”

II. Arte: Una proposición

La creación de La Escuela de Arte y Taller Abierto de Perquin en 2005 responde a la siguiente pregunta:

 “Como puede el arte tener una inserción constante en una comunidad emergiendo de la catástrofe de un conflicto armado?

Para elucidar este cuestionamiento es imperativo examinar la intersección de  política, ética y estética coexistiendo en la trama histórica del país en conflicto, donde el genocidio se incorpora como una realidad tangible del pasado reciente, de la gente que lo ha sufrido, de los familiares de quienes han perecido y de quienes todavía tienen que pensar en un futuro posible.

Es, justamente, en la comprensión de esta historia mutilada donde la inserción del arte deviene, no sólo una contribución estética, sino una herramienta de diplomacia para la construcción de una realidad diferente.

No es una “re-construcción”.

Aquello que ha sido destruido no puede volver a existir.

La propuesta de una edificación comunitaria implica la creación de una realidad previamente inexistente. En esta novedad y en imaginarla posible es, quizás, donde reside el germen de vida.

La gente que ha sido víctima de violencias incomprensibles aún pregunta:

“Por que nos han hecho daño?”

Como pudo haber sucedido un genocidio? 

Cuales son las implicancias del pasado en el frágil presente?

Se puede imaginar un futuro donde nada ha quedado? 

No hay enmienda para el genocidio.

El daño inflicto a una generación penetrará y modificará a la siguiente generación.  Y a la siguiente, para siempre.

La vida dibuja un pájaro 

para que habite el nido 

Cuanto más personal es el arte es, a la vez, más universal.

V. El Modelo Perquin

En los últimos veinte años mi trabajo artístico se ha focalizado en arte comunitario y en Los participantes de estos proyectos son sobrevivientes de masacres, sobrevivientes de tortura, sobrevivientes de violencia y esclavitud sexual y víctimas de exilios forzados.

Como artista trabajando en comunidades, mi obra vive en la intersección de arte y guerra. Diseño y facilito proyectos de arte en países afectados por conflictos armados en la catástrofe de la posguerra.

Mi trabajo nace de memoria y pérdida.

Cuatro kilómetros Norte de la comunidad de El Mozote donde más de mil campesinos fueron masacrados en 1981 fundé la Escuela de Arte y Taller Abierto de Perquin, en 2005. Este es un proyecto de arte, educación, derechos humanos y diplomacia para niños, jóvenes, adultos y adultos mayores
sin contemplar afiliaciones políticas o religiosas. 

A más de treinta años de la masacre, El Mozote y todo Morazán sigue sangrando. Los familiares de las víctimas que hoy pueblan los pequeño caseríos dicen que allí se les “ha matado la tierra”.

“Arte” y “Genocidio” pertenecer a paradigmas opuestos.

Genocidio (geno, Griego “origen”/ cide Latin: “destrucción”) es la planificación y la praxis efectiva de la destrucción total. Es aniquilación en su forma más exitosa.

Arte implica generar de la nada. El arte existe por la convicción, acción y determinación de quien/ quienes lo hace/n. El arte es una caricia de recuerdos, de pérdidas, de dolor y de esperanza encontrando en la belleza su justificación.

El arte no significa, necesariamente, un mejoramiento de la catástrofe, pero el arte puede asistir a recobrar la memoria del dolor inflicto como una propuesta comunitaria.

La Escuela de Arte y Taller Abierto de Perquin es en un proyecto internacional de arte, derechos humanos, educación , diplomacia y desarrollo comunitario. Cuatro artistas y maestros Salvadoreños dirigen la escuela : América Argentina Vaquerano, Claudia Verenice Flores Escolero, Rosa del Carmen Argueta y Amilcar Varela trabajan en colaboración con Claudia Bernardi, artista y educadora de Argentina.

América Argentina Vaquerano, laudia Bernardi, Rosa del Carmen Argueta, Claudia Verenice Flores Escolero

La Escuela de Arte y Taller Abierto de Perquin/ Muros de la Esperanza establece puentes conectando proyectos de arte colaborativos y comunitarios más allá de El Salvador. “El Modelo Perquin” es un mapa posible y replicable que se ha implantado en Toronto, Canada; en Ciudad de Guatemala, Huhuetenango; Rabinal, Baja Verapaz;  Cobán; Panzos, Alta Verapaz, Guatemala;  en Sacramento, California, Estados Unidos; en Cocorná, Antioquia, Colombia; en Belfast, Norte de Irlanda y más recientemente en Monthey, Suiza.

 

Nuestro mandato es :

 

  • Creamos proyectos artísticos que involucran a niños, jóvenes, adultos y adultos mayores, con la propuesta de que el arte sirva como un componente de edificación comunitaria.
  • Cada proyecto artístico surge del reconocimiento de que las personas que participan en ellos han sufrido hechos traumáticos, violencia y prejuicios como resultado de disputas políticas, terror de estado, guerra o conflictos armados.
  • Los participantes de los proyectos artísticos deciden los temas narrativos de cada obra construyéndola como testimonio visual que represente sus historias recientes.
  • Los proyectos de arte comunitario y colaborativo favorecen la interrelación de amplios sectores de la comunidad contribuyendo a la convivencia y a la comprensión de la necesidad de intervención de la justicia en las cuestiones relativas a los derechos sociales y humanos.
  • Las clases de arte son gratis para todos y todas; los materiales se distribuyen sin costo para los participantes. Todos y todas son bienvenidos a participar en los proyectos sin distinción de ideologías políticas, religión o condición social.
  • Nuestro trabajo es político pero no es partidario.

Los proyectos de arte colaborativo y comunitarios creados a partir del Modelo Perquin se edifican sobre desafíos que pertenecen a sociedades en conflicto. Nuestra propuesta es crear mayor comprensión de estás complejidades a través de reuniones comunitarias, planificando proyectos de arte público y de intervenciones urbanas. Estos propuestas artísticas recuperan la memoria histórica mientras provee desarrollo de estrategias plásticas y experiencia práctica artística en un nuevo modelo de educación de arte.

Intentamos crear colaboraciones con agencias las alcaldías y agencias políticas locales que ven el arte como una contribución de plan social.  Este modelo de educación artística desarrolla roles de liderazgo entre los participante más jóvenes quienes confrontan una economía totalmente colapsada por la guerra implantando pobreza y desempleo. Las alcaldías locales aceptan las estrategias de arte para crear situaciones laborales sostenibles.

En comunidades azotadas por las guerras recientes de América Central el equilibrio de las poblaciones de la posguerra es precario. En pequeños caseríos la mitad de los pobladores suelen ser civiles sobrevivientes de masacres o familiares de quienes no han sobrevivido las violencias de estado. La otra mitad de los pobladores pueden ser personas afiliadas al ejército que han sido indirecta, o a veces directamente, responsables de las masacres.

Los procesos de paz están escoltados por urgencias.

Los proyectos de arte colaborativo y comunitario nacen, siempre, de la consideración a esas urgencias.

III. “La  Luna se había olvidado de nosotros”

Doña Basilia

Doña Basilia dijo que cuando el ejército llegó a matar a su esposo, ella estaba preparando tortillas, su hijo estaba en la casa y la luna estaba llena.

“Había una luna llena”, decía Doña Basilia, haciendo que las sombras de los hombres que vestían uniformes de soldados se vieran filosas y estiradas sobre su casa de adobe.  Ella no sabía si eran hombres del ejército o de la guerrilla. No lo podía saber. Eso demuestra la confusión enorme de esos tiempos del conflicto armado en Guatemala. Doña Basilia no sabía quienes eran los que habían llegado para matarlos.

Había una luna llena. “La luna se había olvidado de nosotros”.

Doña Basilia fue una de las treinta mujeres que se habían congregado en Huehuetenango trayendo historias terribles de su pasado. Estas mujeres hablaban Mam, Kaktchikel, Achy y Canjobal. Hasta ese momento nunca se habían encontrado antes. Tampoco sabían que lo que les había pasado a unas, les había pasado a las otras. Habían convivido con el dolor, el miedo y la vergüenza por décadas. Las intérpretes, diligentemente, traducían las conversaciones. El cuerpo, en su alucinadora  elocuencia no necesitaba palabras para transmitir el dolor, la culpa y la confusión que todas ellas habían acumulado acarreando ese tormento como una sombra implacable de piedra y oscuridad.

“Queremos aprender a hablar de lo que nos ha sucedido con belleza. 

Queremos pintar lo que recordamos”.

En Agosto de 2008, ECAP–Equipo Comunitario de Acción Psicosocial de Guatemala invitó a la Escuela de Arte y Taller Abierto de Perquin a trabajar con treinta mujeres indígenas sobrevivientes de violencia sexual durante el conflicto armado. El proyecto se desarrollaría en Huehuetenango, a los pies de las altas cumbres de los Cuchumatanes, muy cerca del borde con México.

Los murales son libros de historia sin palabras. Cada palabra compartida, cada gesto que se reconoce, cada silencio que se recobra es un hilo del telar comunitario que construye la urdimbre del tejido de la verdad.

Las mujeres  querían pintar un mural que hablara de esa verdad que nunca habían dicho. Todavía tenían miedo y les sobraba razones para ser precavidas. Muchos de los hombres que ellas identificaban como los responsables de las violaciones habían llegado a ser figuras políticas importantes en las alcaldía locales.

Vestidas con huipiles que identifican las regiones de Guatemala de donde provienen, las mujeres narraban episodios de violencia inflictos contra ellas y contra sus comunidades. 

Mientras las escuchaba, me era imposible calcular la enormidad del dolor  de esas mujeres y la magnitud del coraje necesario para poder hablar de eso.

Sobre papeles en blanco dispersos sobre las mesas, con lápices y crayones las mujeres hacían aparecer líneas, formas, gente conocida y desconocida, animales, cosechas, caña de azúcar, el maíz, plantaciones, casas incendiadas, uniformes militares;  niños, algunos de los cuales estaban heridos; algunos otros colgaban de los árboles. Había túmulos en la tierra donde ellas identificaban tumbas comunes. Las mujeres contaban que después de machetear a sus maridos, el ejercito las obligaba a juntar los pedazos de gente y meterlos en los hoyos que ellas mismas eran obligadas a cavar, a veces con sus propias manos.

Las mujeres dibujaban en silencio, Cada marca sobre el papel era un mapeo de recuerdos imposibles.

“De que se trata este mural?” Pregunté
“Que quieren contar en este libro de historia de imágenes y de colores?”
“Quien va a mirar este mural?  A quien quieren contar esta historia?

Las mujeres decidieron pintar un corazón centrado en el mural, un punto de partida bajo el cual aparece una casa incendiada. Tres hombres gordos,  amenazadores y uniformados llevan machetes desenvainados. Una línea roja pintada con delicadeza en el borde de los machetes alude a que los machetes estaban siendo usados. 

Gloria, de Chimaltenango, acotó: “Yo nunca he visto un machete desenvainado que no chorreara sangre.”

Los relatos terribles, brutales se desprendían de las manos de las mujeres conjurando los peores días de sus vidas, las pesadillas más temidas. Las memorias iban poblando la superficie del mural. 

Doña Basilia contó su historia mientras pintaba.

Los hombres uniformados llegaron a su casa. Su esposo había regresado de la milpa una hora antes. Su hijo de dieciséis años estaba en la casa y Basilia preparaba tortillas en el comal. Los hombres armados sacaron a su marido a la rastra.  Ella supo que lo iban a matar por que los gritos que escuchaba sólo podían provenir del dolor inflicto a alguien que no sobrevivirá semejante violencia. Su hijo, desesperado e indómito, se ofreció a los hombres armados a cambio de su padre imaginando posible que el ejército dejara vivir a su padre tomando su vida joven.

Al hijo también lo sacaron a la rastra y a los golpes. Mientras se llevaban al hijo 

un grupo de hombre entró a la casa.

Violaron a Basilia.

Ese grupo de hombres salió. Entraron otros. La volvieron a violar. Doña Basilia no sabe cuantos fueron.

Los hombres se comieron las tortillas que todavía habían quedado calientes en el comal.

Por que la luna estaba brillante, Basilia pudo ver las caras de los hombres, las sombras de sus cuerpos enormes entrando en la casa como fantasmas. Basilia supo que habían dañado a su hijo terriblemente cuando ya no pudo escuchar los gritos del muchacho. 

Dejaron tirada a Basilia sobre una pila de leña pensando que estaba muerta. Basilia pensó que le iban a prender fuego a la casa, a sus cosas, a ella misma. Ella pedía y rezaba para que eso sucediera. Ella quería morirse con su marido y con su hijo.

Hasta hoy Basilia no sabe que le habrán hecho a la cabeza de su hijo. El resto del cuerpo apareció “pedaceado” entre los matorrales. La cabeza no apareció nunca.

Esta incertidumbre llena a Basilia de una tristeza que describe como inconmensurable, como un rio de aceite espeso, una piedra que le cuelga del cuello y la arrasa.  No la deja respirar.

El mural de las mujeres de Huehuetenango tiene aviones militares con Camuflage,  tiene helicópteros y gente colgando de los árboles. Hay tumbas comunes donde medio enterraban a los muertos. La mayoría de las veces los dejaban sin enterrar para que se los comieran los perros. La parte central del mural se convertió en la “parte triste” con un fondo oscuro y un espiral que absorbía la vida, un túnel de tristezas con armas y casas destruidas.

Las mujeres se pintaron  a si mismas dándose la mano y creando un círculo, dándose fuerza una a las otras, un cinturón de luz que rodeaba la zona de las memorias tristes donde iban a quedar atrapadas para que nos las siguieran  dañando. Se pintaron con atención a los detalles. La delicadeza de los bordados de los huipiles, el color de las bandas de la cabeza, los textiles que las acompañaban. Las mujeres se reían y pidiendo sugerencias y mirándose unas a las otras como si miraran espejos. Las memorias del daño quedaban contenidas en una zona restringida. Fuera del círculo, pintaron lo que todavía esperan para sus hijos y sus comunidades.

Anastasia, una de las mujeres que era capaz de hablar cinco idiomas, me dijo:

“Cuando la gente de afuera viene y nos pide que contemos nuestra historia y la escriben en cuadernos, nosotras tenemos que creer que lo que escriben es lo que le decimos. Pero, en realidad, no lo sabemos por que nosotras no sabemos leer ni escribir. Cuando pintamos un mural , sabemos y vemos cual es la historia que contamos.

El mural se pintó en tela para que pudiera viajar a las comunidades de donde provenían las mujeres, para poder abrirlo, mostrarlo y volver a tener la oportunidad de contar sus historias.

La Universidad de San Carlos en Guatemala invitó a las mujeres participantes de este proyecto para que narraran, mostrando el mural, la historia del conflicto y la historia de sus resistencia.

En un correo electrónico con fecha de 3 de Marzo de 2009, Olga Alicia Paz, Psicóloga Social de ECAP contaba que las mujeres de Huehuetenango habían llevado el mural al Palacio Nacional. Las mujeres sabían que las personas del gobierno muy posiblemente no comprendieran las lenguas Mayas que ellas hablaban. Confiaban , sin embargo en ese libro sin palabras que era el mural contando la historia de estas mujeres y muchas otras. Estas historias que se deben seguir contando en el largo y penoso camino hacia la justicia.

 

Olga Alicia Paz escribe:

La semana pasada tuvimos la oportunidad de exponer el mural. Llegaron más de 300 personas. Fue organizado por Programas sociales del gobierno, organizaciones de DDHH y organizaciones de víctimas.

A la par de las obras pusimos una computadora con la foto de la obra y lo que las mujeres decían de ellas y de la Escuela de arte de Perquin. Las personas empezaron a sensibilizarse.

Esta semana se exponen en el Palacio Nacional, ni mas ni menos que en el jardín interior, se imaginan?????? si al Estado se le había olvidado lo que hicieron a las mujeres. Ahora se lo recuerdan ellas en el mismo corazón del poder.

Mujeres y compañeros, esto es sorprendente!. Hay intersticios por donde meternos y lograr algún cambio, una denuncia y, quien sabe si más adelante la justicia.


Artistas de Huehuetenango, Guatemala y la Escuela de Arte y Taller Abierto de Perquin.

Claudia Bernardi 

Professor, Community Arts
California College of the Arts
San Francisco/ Oakland
cbernardi@cca.edu 

Directora y Fundadora
Escuela de Arte y Taller Abierto de Perquin, El Salvador
wallsofhope@gmail.com

 

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